El amor es un río que fluye
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De vez en cuando, me buscas, me coges de la mano. Tu repentina aparición todavía me llega al corazón. Sin embargo, yo también he aprendido a ponerme una máscara para ti, ni cálida ni fría, ni salada ni sosa. Me río sin preocupaciones y ya no derramo lágrimas baratas.
Solo después de que ha pasado mucho tiempo, solo cuando no queda ningún lugar al que retirarse, nos damos cuenta de que lo que una vez descartamos con nuestras propias manos nunca volverá a encontrarse en los días que siguen.
Sigo creyendo en el amor, pero ya no creo que pueda durar para siempre.
De repente me has recordado que el tiempo que nos conocemos se puede contar en años.
Después de haber recorrido este tramo del camino contigo, tú también te has convertido en un camino por el que he pasado.
Sé que olvidar es fácil: basta con apartar la mirada, dejar de pensar, soltar los recuerdos, y todo se desvanece como el cielo después de los fuegos artificiales.
Solo cuando ves a través de todo te das cuenta de que la pérdida trae más paz que la posesión.
Nada es inolvidable. El tiempo te borrará: primero tu rostro, luego tu voz y, finalmente, tus palabras. No ahora, pero algún día.
Así nos dispersamos en los vientos del tiempo. Mirando atrás, no vemos rastro alguno de los momentos que compartimos, aunque una vez nos aferramos con tanta fuerza el uno al otro.
Con el final y el viaje completados, quedarse más tiempo parece codicioso incluso para uno mismo.
Las palabras enterradas en lo profundo no se ocultan deliberadamente; simplemente, no todo el dolor se puede gritar en voz alta.
No te he rechazado, ni me he rechazado a mí misma.
Por ti, solo me he rendido, nunca te he olvidado.
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